Salió despacio y en silencio para no despertarla: estaba decidido y ella intentaría disuadirlo, discutirían, ella se pondría a llorar como una loca, y acabaría no haciéndolo para que ella no se culpara de por vida de no haber retenido aquel amor que para él no era tal, sino simple costumbre o cariño hacia aquella pequeña, pero bella mujer, que cada noche dormía junto a él enredándole el pelo, con su peculiar aroma indescriptible pero casi tan bello como ella, en la cara y que cada mañana lo abrazaba y lo besaba de manera muy parecida a como su madre lo hacía muchos años atrás. Cuando aun las cosas eran sencillas…
Había tomado la costumbre de hablar sólo, en voz alta, y así: sólo con sus pensamientos, había aprendido a solucionar sus problemas. Cuando aún era muy pequeño su madre le enseñó algo que jamás olvidaría: “no es bueno reír, a la gente no le gusta; eso hace que parezcas feliz y a la gente no le gusta porque suelen ser envidiosos”. Siempre había sido un niño demasiado maduro para su edad, sus razonamientos se adelantaban a la edad que su estatura hacía presagiar, y había podido comprobar entre sus compañeros del colegio y también en esa otra vida que junto a los niños viven los adultos, que su madre, a pesar de todo lo que sobre sus consejos decía su padre, tenía razón. Así siempre había pasado inadvertido y quizás no tuviera un amigo de verdad, pero tampoco había tenido jamás un solo problema, nadie nunca le había hecho daño. Todo era sencillo, pasar inadvertido, solucionar sus propios problemas sin ayuda de nadie y seguir viviendo.
Pero la vida de adulto se va complicando y te enreda, como se enredaba en su cara el pelo de aquel “amor” con el que solía compartir las noches de insomnio. No había reído nunca a carcajadas y tampoco nunca compartió con nadie una charla que le ayudara a comprender su existencia y los grandes problemas que acechan al hombre. Subía las escaleras hacia su habitación pensando quien era él, quien era aquella persona con que compartía su vida y por qué tenía él que compartir su vida que era suya y de nadie más, cuando encontraría un trabajo decente… Pensó que, para un adulto, eso era la felicidad; y una vez más, en voz alta dijo: “eso es, la gente es feliz cuando tiene una compañera con quien compartir las desgracias, un trabajo y una casa. Yo lo tengo todo y aun así no soy feliz por eso tengo que terminar con todo este pesar”.
Llegó a su habitación y sacó una pequeña caja que había en el segundo cajón de la cómoda. Dentro de la cajita un pañuelo de seda recuerdo de su madre protegía un pequeño frasco de cristal que sacó y puso junto a la mesa de estudio. Con aire de antiguo alquimista que mezcla sus pociones con rigor y majestuosidad, volcó el contenido del frasco, un líquido transparente y de olor amargo en un vaso chato y estrecho, se quedó mirándolo y de nuevo dijo en voz alta “voy mamá… sé que papá sabrá perdonarme”. Paso un minuto en silencio, observando el vaso que contenía el líquido, con una mirada en la que se mezclaba a partes iguales la curiosidad y el ansia de quien espera una buena noticia que sabe que le darán. Se tumbó en la cama y por fin bebió.
Empezó a sentir como la sangre golpeaba sus sienes violentamente y reconoció esa sensación, porque era igual a la agitación que sentía cuando, de pequeño, en el patio del colegio, marcaba un gol y todos sus compañeros de clase le abrazaban. Un escalofrío descendió desde la cabeza a los pies y le trajo el recuerdo de aquellas tardes de invierno en que su madre abrazada a su febril retoño trataba de curar con cariño la gripe de su hijo. Para entonces un sueño pesado y profundo se apoderaba de él como cuando de adolescente, junto a su primo, se quedaba dormido contemplando el atardecer rojizo a la orilla de un mar fresco y tranquilo de verano. Para entonces el aire casi no llegaba a sus pulmones. Recordó entonces a aquella pequeña mujer, bella, tan distinta a él y que ni si quiera conocía del todo, encima suya dejando caer sobre su cara su largo cabello oscuro llegando hasta la boca de su amado; el cabello era tan espeso que, a menudo, le dificultaba la respiración… la misma sensación experimentaba ahora. Sin saber si se trataba de una ensoñación más propia del delirio final de un moribundo o de otro recuerdo más, sintió como le embriagaba el olor tan peculiar de los cabellos de aquella mujer y le pareció estar acariciándolos, pero no con una de esas caricias fingidas y vacías; era una caricia de verdad. Entonces comenzó a reír a carcajadas por primera vez en su vida: “¡al fin se lo que es la felicidad!” musitó con una débil voz que casi no salió de sus labios. Cerró los ojos y su cuerpo permaneció inmóvil y frío durante varias horas.
(Gracias a Carmen J. Rivas, sin ella este post no existiría)
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3 comentarios:
Has hecho que me sonroje promi!!! Y todo por esa pequeñez!!!
Enhorabuena. Me parece una forma excelente de expresar lo que pasa x tu cabecita. Besos.
Bueno,veo que en tu blog podemos encontrar de todo......
Desde un gran amor hasta la lucha o derrota de la vida
Siento decirte que no es de los que más me gustan, seguiré investigando a ver que encuentro por ahí......
Ya te dejé mi opinión sobre "maktub",lo haré con el resto también
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