miércoles 20 de febrero de 2008

Viaje de regreso

(Nota aclaratoria: Al final del post tienes un archivo de audio que puedes abrir haciendo click como indica en la frase subrayada y posteriormente click sobre la barra de audio. Puedes escuchar el audio mientras lees el post o al acabar.)

El viejo tren regional se abría paso entre los amarillos paisajes del estío; la tierra y el cielo habían cambiado su color hacia uno más cálido y familiar, un color que pronto pudo reconocer a pesar de todos los años que había pasado lejos de aquella tierra que la viera nacer. Es curioso como la tierra, el lugar donde cada uno nace, marca de manera tan definitiva a las personas, su carácter, modo de entender la vida y costumbres. Siempre me resultó curioso apreciar las diferencias entre el carácter abierto y extrovertido de las gentes nacidas y criadas cerca del mar, con aquel otro cerrado e introvertido de las que nacen rodeadas de montañas. Es como si el mar recordara a sus gentes que la tierra no acaba allí donde sus pasos, sus autos o trenes, no pueden llegar y que más allá de donde su conocimiento alcanza existen hombres y mujeres de otras razas y religiones.

Fue al ver el sol que yacía en la tierra tiñendo el cielo, todavía azul, de sangre y fuego cuando supo que su vida estaba cambiando. En ese momento, apreciando aquel paisaje que sentía como propio después de años de cielos oscuros y sucios de una capital sumida en la prisa y el estrés, el cristal de la ventana le devolvió una imagen del pasado: una joven alta, delgada y huesuda pero esbelta, de piel fría y blanca, que concentraba el epicentro de su energía en una mirada profunda y viva de un color verde imposible de describir, sentada en ese mismo tren, dispuesta a salir por primera vez del pueblo que la había visto nacer para marchar muy lejos y cumplir así su sueño de adolescente. Miró a su vientre y quedo pensativa…

La adolescencia, quizás uno de los peores y más acuciantes males de la humanidad, había pasado deprisa, sin tiempo para cumplir todos esos sueños y dejando tras de sí todo un rosario de desgracias tras las que jamás sabría si podría volver a reír. Estaba decidida, o quizás más bien, obligada a dejar en aquella gran ciudad su sueño, todos los amores frustrados y no correspondidos, y regresar a “su tierra”. Marchaba con un único recuerdo que habitaba en su interior aunque no por mucho tiempo pues pronto se convertiría en una huella viva y eterna de aquel sueño de adolescente no realizado; regresaba también, con el miedo de enfrentarse a uno de esos pueblos rodeados de montañas, donde no parece haber más mundo que el propio y donde ella supondría el centro de debates, discusiones y todo tipo de corrillos. Se mofarían de ella por haber salido de aquel mundo para buscar uno mejor que jamás había encontrado.

“Hija mía voy a contarte algo –dije en voz baja y acercándome a ella como delatando un secreto jamás contado- Yo también tuve un sueño de joven: quise ser pianista, ya lo sabes, pasé años de mi vida ensayando para convertirme en uno de los mejores y poder ganarme así la vida. Todo el mundo aquí piensa que deje mi sueño cuando conocí a tu madre y te tuvimos a ti –ella me miraba atentamente con la misma mirada de niña con la que años atrás miraba mis manos deslizarse sobre el piano de la sala donde tocaba todo tipo de sonatas y melodías alegres para amenizar las tardes de lluvia en que no podía salir a jugar, continué- Pero esa no es la verdad: deje el piano cuando empecé a perder el oído –ella miró sorprendida- Sí, hija mía, me quedo sordo, aún puedo apreciar los sonidos y distinguirlos pero cada vez me cuesta más”. Ella que había escuchado mi secreto con atención y dijo desconcertada: “Pero entonces yo…”

“Tú nunca fuiste el motivo a pesar de lo que hayas oído… Tú también podrás cumplir tu sueño –dije sonriendo y acariciándole el pelo- Nunca dejes de soñar pues son los sueños lo que nos mantienen despiertos y vivos. Hace años a sabiendas que no podría seguir haciéndolo, compuse una breve melodía; quiero que sea para ti, que la llames como quieras y que se la enseñes a tu hija, que siempre cuentes tu historia y le hables de mi, jamás te arrepientas de lo vivido. Ven, acompáñame al piano”

Me senté en el pequeño taburete frente al piano y comencé a tocar aquella melodía que había compuesto pocos días antes. Ni siquiera la recordaba bien y puede que algunas notas no fueran tal y como las había pensado la primera vez. Ella escuchaba y sonreía entre lágrimas; su mirada verde indescriptible había cobrado una nueva fuerza y yo sentí que no todo estaba perdido: había recuperado la fuerza para seguir soñando y eso la mantendría con ganas de vivir. Una felicidad casi plena se apoderó entonces de mi ser al ver que, aquella niña que hace mucho tiempo supusiera el fin de un sueño y el comienzo de otro nuevo, recobraba la alegría que hacía tiempo había perdido.

“Para Elisa –dijo a voces, entre sonrisas y aplausos, cuando acabé de tocar mi reciente composición- Se llamará “Para Elisa”, y ella, como yo, nunca la olvidará. Gracias papá”







(A mi madre)

Nota: Mis agradecimientos a Laura por echarme una mano con "las nuevas tecnologías"

2 comentarios:

Rivas dijo...

Preciosa ficción sobre el Para Elisa. Como curiosidad, te dejo un link donde cuentan el que parece ser que es el auténtico origen de la bagatela:

http://www.pianored.com/para-elisa.html

"¿Qué es la vida? un frenesí,
¿qué es la vida?, una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño.
¡Que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son!"

elisa dijo...

La verdad es que tener la valentía de dejar todo por un sueño es un gran ejercicio de afirmación personal. Supongo que es lo que todos intentamos hacer. Es un relato que produce alegría y tristeza al mismo tiempo, por un lado la alegría de un sueño que comienza y por otro la tristeza de uno que hace tiempo tuvo que parar. No puedo imaginar lo duro que tiene que ser afrontar un impedimento tal que no te deje seguir con tu sueño, y aún así poder ofrecerlo como una experiencia positiva para alguien en forma de ese precioso regalo. Para Elisa, para todas las elisas, para los que consiguen vencer las adversidades que la vida les depara y para todos los que temen iniciar un sueño pensando en lo que se pueden dejar en el camino.
Muy hermoso, Pablo.