Al día siguiente supe, por primera vez, a que sabía la dulce venganza. ..
Observé por primera vez a aquella mujer mientras descendía desde el Paseo Marítimo hasta la orilla. Toda la luz del sol que bañaba los cuerpos tendidos sobre la arena, se desvió buscando concentrarse en su rostro que, aún marcado por las huellas del tiempo, conservaba la belleza de las mujeres de verdad, aquellas perfumadas por la experiencia y la resistencia al paso del tiempo, en las que cada pequeña arruga se cuenta como una herida de guerra cosida por el coraje de la lucha diaria. El mar pareció detener a las olas pidiéndoles un momento de calma sepulcral en el que lo único que se escucharan fueran los pasos de aquella dolorosa, caminando descalza sobre la arena. No debía ser mucho más joven que la mujer que me engendró, sin embargo en ella encontraba algo que no había contemplado antes en ninguna mujer, y mucho menos en ninguna de las niñas de mi edad, hasta entonces: una belleza virginal que provocaba en mí el deseo, tal vez el instinto, de poseerla; de que fuera mía.
Aquellas tardes de septiembre en que bajaba a la playa con mis amigos eran uno de los únicos momentos de diversión en un caluroso verano en el que las ausencias de mis padres se hacían incomprensibles y sus continuos viajes a la capital, nada convincentes. Después de comer y tras una obligada siesta que mi abuela no me permitía eludir, quedaba con mis amigos para bajar por el interminable paseo, cuajado de álamos, hasta una de las playas más concurridas de la ciudad. Allí, junto a un viejo espigón al que las familias no solían llegar y que ya considerábamos nuestro, pasábamos la tarde jugando a todo tipo de juegos en el agua. Cuando la tarde daba sus últimos coletazos caíamos rendidos en la orilla, nos tumbábamos para ver como el sol se despedía del mar ocultándose tras él; aquella era la señal para que toda la pandilla se disolviera en cuestión de minutos debido a una desbandada general: cada uno corría a su casa para evitar el castigo que le impidiera poder volver a la tarde siguiente. Fue allí donde la vi por primera vez.
Desde entonces aquel trozo de playa junto al espigón era mi particular atalaya desde la que contemplar el, voluminoso y lleno de sinuosas curvas, cuerpo de aquella mujer que comenzaba a provocar en mi interior multitud de reacciones físicas y psíquicas a las que no encontraba explicación pues nadie antes me había hablado de ellas. En algún momento de la tarde dejaba escapar la pelota para que pasara junto a su lado, eran momentos inexplicables, de auténtica emoción: pasaba muy cerca, casi sentía que la acariciaba, podía saborear su olor y apreciar de cerca cada rincón de un cuerpo que me parecía la fachada de una de esas catedrales que había visitado con mi madre y que, por mucho que las miraras, siempre encontrabas cosas nuevas y sorprendentes y, a la vez, místicas que antes no habías visto. Llegué a desarrollar un profundo mal humor, incluso dolor físico, si ella no acudía a nuestra cita diaria, pues yo nunca había faltado… ¡ni lo haría!
Aquella mezcla de nuevas experiencias que alborotaban un caluroso verano se tornaron fatales cuando una tarde cualquiera un hombre que parecía mucho más joven que ella y con aspecto algo chulesco se tumbó a su lado. Observé gestos, miradas, algún roce de manos que me resultó anormal… Pronto me llegó la confirmación: un beso interminable debía ser la evidencia de un amor inmenso; ni siquiera había visto nunca a mis padres besarse así.
Aquel hombre se hizo un estorbo inevitable que desde aquella tarde no dejó de interponerse entre mis ensoñaciones y ella. Pasaban horas sin mirarse… Al tiempo uno de los dos rompía a gritar y gesticular ostensiblemente. Al final, casi siempre, ella se tumbaba boca abajo llorando durante un buen rato mientras él se alejaba para bañarse o despreocuparse de aquella situación como ignorando lo sucedido. Al rato volvía y se sentaba junto a ella: sin saber por qué todo estaba resuelto y se fundían en abrazos y besos que alguna vez incluso no había sido capaz de mirar a causa del rubor. Habría dado lo que fuera por tener la edad suficiente para echar de allí a aquel Judas y haber consolado con mis palabras y mi cuerpo a aquella Magdalena envuelta en llanto.
Una de las peleas se prolongó hasta el atardecer. Mientras mis amigos contemplaban el espectáculo vespertino del sol en su huída diaria tras del mar, yo observaba alterado aquel nuevo conflicto. Cuando el último rayo se hubo despedido de la tierra hasta el próximo día, mis amigos corrieron a toda prisa para llegar cuanto antes a sus casas… ¡era la señal! Yo permanecí un tiempo más en el espigón; esta vez no se solucionaría tan fácilmente: ella recogía sus cosas y se marchaba mientras él, despreocupado como siempre, se acercó al espigón para saltar al mar. Quise acompañarla y decirle… ¿Qué le habría dicho? Pero el miedo me paralizó. Antes de salir giré la cabeza para verlo, ¡no podía creer su despreocupación mientras ella marchaba llorando!
La marea había subido pero no lo suficiente. Debía haberse golpeado con las rocas que descansaban a los pies del espigón porque pude apreciar como flotaba bocabajo, inmóvil, sometido al vaivén de las olas. Miré al horizonte…El sol ya ni siquiera dejaba un testigo de color reflejado en el mar y pensé en mi abuela. No volví a mirar. Corrí hasta casa tan rápido como me permitieron mis piernas.
Tras la obligada siesta de cada tarde mi abuela me dijo: “hoy no irás a la playa. Ayer murió un hombre allí; no volverás a ir si no es acompañado de alguno de tus primos mayores”. No me importó. Pasé la mañana asomado a la ventana. Tuve la certeza de que, de alguna u otra manera, aquella mujer ya me pertenecía. Jamás volví a ver a aquella mujer pero esa certeza, aquella sensación de posesión se mantuvo durante mucho tiempo.
Observé por primera vez a aquella mujer mientras descendía desde el Paseo Marítimo hasta la orilla. Toda la luz del sol que bañaba los cuerpos tendidos sobre la arena, se desvió buscando concentrarse en su rostro que, aún marcado por las huellas del tiempo, conservaba la belleza de las mujeres de verdad, aquellas perfumadas por la experiencia y la resistencia al paso del tiempo, en las que cada pequeña arruga se cuenta como una herida de guerra cosida por el coraje de la lucha diaria. El mar pareció detener a las olas pidiéndoles un momento de calma sepulcral en el que lo único que se escucharan fueran los pasos de aquella dolorosa, caminando descalza sobre la arena. No debía ser mucho más joven que la mujer que me engendró, sin embargo en ella encontraba algo que no había contemplado antes en ninguna mujer, y mucho menos en ninguna de las niñas de mi edad, hasta entonces: una belleza virginal que provocaba en mí el deseo, tal vez el instinto, de poseerla; de que fuera mía.
Aquellas tardes de septiembre en que bajaba a la playa con mis amigos eran uno de los únicos momentos de diversión en un caluroso verano en el que las ausencias de mis padres se hacían incomprensibles y sus continuos viajes a la capital, nada convincentes. Después de comer y tras una obligada siesta que mi abuela no me permitía eludir, quedaba con mis amigos para bajar por el interminable paseo, cuajado de álamos, hasta una de las playas más concurridas de la ciudad. Allí, junto a un viejo espigón al que las familias no solían llegar y que ya considerábamos nuestro, pasábamos la tarde jugando a todo tipo de juegos en el agua. Cuando la tarde daba sus últimos coletazos caíamos rendidos en la orilla, nos tumbábamos para ver como el sol se despedía del mar ocultándose tras él; aquella era la señal para que toda la pandilla se disolviera en cuestión de minutos debido a una desbandada general: cada uno corría a su casa para evitar el castigo que le impidiera poder volver a la tarde siguiente. Fue allí donde la vi por primera vez.
Desde entonces aquel trozo de playa junto al espigón era mi particular atalaya desde la que contemplar el, voluminoso y lleno de sinuosas curvas, cuerpo de aquella mujer que comenzaba a provocar en mi interior multitud de reacciones físicas y psíquicas a las que no encontraba explicación pues nadie antes me había hablado de ellas. En algún momento de la tarde dejaba escapar la pelota para que pasara junto a su lado, eran momentos inexplicables, de auténtica emoción: pasaba muy cerca, casi sentía que la acariciaba, podía saborear su olor y apreciar de cerca cada rincón de un cuerpo que me parecía la fachada de una de esas catedrales que había visitado con mi madre y que, por mucho que las miraras, siempre encontrabas cosas nuevas y sorprendentes y, a la vez, místicas que antes no habías visto. Llegué a desarrollar un profundo mal humor, incluso dolor físico, si ella no acudía a nuestra cita diaria, pues yo nunca había faltado… ¡ni lo haría!
Aquella mezcla de nuevas experiencias que alborotaban un caluroso verano se tornaron fatales cuando una tarde cualquiera un hombre que parecía mucho más joven que ella y con aspecto algo chulesco se tumbó a su lado. Observé gestos, miradas, algún roce de manos que me resultó anormal… Pronto me llegó la confirmación: un beso interminable debía ser la evidencia de un amor inmenso; ni siquiera había visto nunca a mis padres besarse así.
Aquel hombre se hizo un estorbo inevitable que desde aquella tarde no dejó de interponerse entre mis ensoñaciones y ella. Pasaban horas sin mirarse… Al tiempo uno de los dos rompía a gritar y gesticular ostensiblemente. Al final, casi siempre, ella se tumbaba boca abajo llorando durante un buen rato mientras él se alejaba para bañarse o despreocuparse de aquella situación como ignorando lo sucedido. Al rato volvía y se sentaba junto a ella: sin saber por qué todo estaba resuelto y se fundían en abrazos y besos que alguna vez incluso no había sido capaz de mirar a causa del rubor. Habría dado lo que fuera por tener la edad suficiente para echar de allí a aquel Judas y haber consolado con mis palabras y mi cuerpo a aquella Magdalena envuelta en llanto.
Una de las peleas se prolongó hasta el atardecer. Mientras mis amigos contemplaban el espectáculo vespertino del sol en su huída diaria tras del mar, yo observaba alterado aquel nuevo conflicto. Cuando el último rayo se hubo despedido de la tierra hasta el próximo día, mis amigos corrieron a toda prisa para llegar cuanto antes a sus casas… ¡era la señal! Yo permanecí un tiempo más en el espigón; esta vez no se solucionaría tan fácilmente: ella recogía sus cosas y se marchaba mientras él, despreocupado como siempre, se acercó al espigón para saltar al mar. Quise acompañarla y decirle… ¿Qué le habría dicho? Pero el miedo me paralizó. Antes de salir giré la cabeza para verlo, ¡no podía creer su despreocupación mientras ella marchaba llorando!
La marea había subido pero no lo suficiente. Debía haberse golpeado con las rocas que descansaban a los pies del espigón porque pude apreciar como flotaba bocabajo, inmóvil, sometido al vaivén de las olas. Miré al horizonte…El sol ya ni siquiera dejaba un testigo de color reflejado en el mar y pensé en mi abuela. No volví a mirar. Corrí hasta casa tan rápido como me permitieron mis piernas.
Tras la obligada siesta de cada tarde mi abuela me dijo: “hoy no irás a la playa. Ayer murió un hombre allí; no volverás a ir si no es acompañado de alguno de tus primos mayores”. No me importó. Pasé la mañana asomado a la ventana. Tuve la certeza de que, de alguna u otra manera, aquella mujer ya me pertenecía. Jamás volví a ver a aquella mujer pero esa certeza, aquella sensación de posesión se mantuvo durante mucho tiempo.
9 comentarios:
Triste, tierno y guay.... eres grande Pablito / pppdo
perfecto.
No creo que sea bueno sentirse poseedor de nadie. Ni uno mismo es dueño de su persona!
Pero aún así, veo que con cada entrada me sorprendes un poco más.
Espero ver otra mmuy pronto.
Felicidades
Fíu, he leído una frase y no he podido parar.
Si algo he aprendido en mi corta vida profesional, es a distinguir lo bueno de la morralla escrita, y lo tuyo vale, Pablo,
Aunque haga mucho que no te vea y no sepa nada de ti, me alegra mucho recibir tus correos con nuevas entradas.
Artista!
Hola a todos,
Pppdo muchas gracias por pasar por mi blog... Hace mucho tiempo que no tenemos contacto pero tu sabes que nos debemos un café y una buena charla... Muchas gracias.
Nagore,muchas gracias pero la perfección no existe y lo mío esta MUY MUY LEJOS!! Pero gracias!!
Anónimo, estoy de acuerdo contigo en el mundo las personas no son dueños ni de sí mismos...
Esther muchisimas gracias!! De todas formas creo que el cariño personal te puede a la hora de hacer tus críticas. Aún así te lo agradezco mucho porque no hay que engañarse... gusta leer un comentario así. Un beso y espero verte un dia por Málaga!!
Pues a mí me ha parecido demasiado dramón, me gustó más el dramón anterior, si la cosa continúa evolucionando, el dramón siguiente será ya para abastecerse de helado y unos cuantos kleenex. Pero me gusta como escribes, eres mi kit-kat en el curro.
Saludos.
Me gusta, pero el final....no sé, la última frase no es un buen final, creo. Bueno, no es un final.Es como un punto y seguido. Recuerdo habertelo comentado ya en otro texto, creo.
Pero me sigues pareciendo todo un artista, y sabes recrear autenticas imágenes con las palabras. Eso es lo que importa, lo del final no es más que un detallito a pulir
Lo verdaderamente bueno de tí es que las palabras te surgen tal como las piensas, sabes hablar, describir y transportarnos a otro mundo paralelo, tu mundo.Me ha gustado mucho aunque creo que el chico se merecia algo más, pensar que alguien puede ser tuyo está bien, aunque siempre puedes vivir sin que lo sea y eso es un engaño.
Hola una vez más,
Macarena yo considero que "los dramones" como tu los llamas son solo un puente para tratar temas que "andan" por mi mente y que quiero expresar con mis palabras... Si te quedas en los dramones tendrás que usar muchisimos kleenex!! Pero más allá hay temas de los que discutir.
Rivas gracias por tu crítica constructiva... Es lo que tiene ser un simple aficionado! Pero trataré de ir puliendo eso... Es difícil dejar un final "abierto" y cerrado a la vez... Un beso y gracias!!!
Anónimo muchas gracias a ti también... Realmente muchas de las cosas que escribo las escribo aquí directamente sin demasiada corrección. Gracias por tu reflexión... Me apasiona el mundo de los niños porque en ellos encontramos todo lo primario del hombre y que con el tiempo intentamos "ocultar" en función de lo socialmente correcto. Un saludo a todos y gracias por visitarme!
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