Condujo en silencio durante los cuarenta y cinco minutos que duró el trayecto de vuelta a casa. Hacía algún tiempo que ese silencio se había apoderado, cada vez más, de su vida: siempre había poseído la facilidad para emplear la palabra adecuada en el momento correcto; era capaz de decir aquello que las personas necesitaban escuchar en cada momento, sin embargo, desde hacía algún tiempo aquel maravilloso y oportuno don se estaba perdiendo en un mundo interno lleno de dolor, reproches y miedos que se perdían antes de llegar a las cuerdas vocales.
Tampoco encontraba en las palabras ajenas las frases que quería o necesitaba escuchar. Todo eso, unido a la dificultad para explicarse en un mundo en el que la palabra cada vez importa menos y el tiempo de los demás tiene un precio que casi nadie puede pagar, hizo que eligiese el silencio como la mejor, quizás la única, opción de supervivencia.
Cuando salieron de la habitación todas aquellas personas a las que ni siquiera recordaba haber visto, se sentó a los pies de su cama en la que aún yacía ya rígida y pálida. Una lágrima cayó hasta sus labios y éstos, después de años de forzada inactividad, balbucieron dos palabras: “lo siento”. No obtuvo respuesta. Recordó aquellos cuarenta y cinco interminables minutos en los que, por primera vez, quiso decir tantas cosas y no fue capaz, entendió lo que ella habría sentido durante todo ese tiempo. Entonces gritó con todo el aire que tenía el los pulmones maldiciendo aquel día en que su vida cambió para siempre.
Tampoco encontraba en las palabras ajenas las frases que quería o necesitaba escuchar. Todo eso, unido a la dificultad para explicarse en un mundo en el que la palabra cada vez importa menos y el tiempo de los demás tiene un precio que casi nadie puede pagar, hizo que eligiese el silencio como la mejor, quizás la única, opción de supervivencia.
Cuando salieron de la habitación todas aquellas personas a las que ni siquiera recordaba haber visto, se sentó a los pies de su cama en la que aún yacía ya rígida y pálida. Una lágrima cayó hasta sus labios y éstos, después de años de forzada inactividad, balbucieron dos palabras: “lo siento”. No obtuvo respuesta. Recordó aquellos cuarenta y cinco interminables minutos en los que, por primera vez, quiso decir tantas cosas y no fue capaz, entendió lo que ella habría sentido durante todo ese tiempo. Entonces gritó con todo el aire que tenía el los pulmones maldiciendo aquel día en que su vida cambió para siempre.
1 comentarios:
Pablo llevaba tiempo sin pasar por aquí y me ha encantado este último texto, me puso el vello de punta. Precioso, sigue así.
un beso
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