Me acosté en el lecho de la duda y permanecí con los ojos cerrados esperando la vuelta a la cordura provocada por la llamada del despertador. Vagué sin rumbo fijo por el farragoso territorio de las ideas, el remordimiento, la culpa, las pesadillas, el recuerdo, el miedo... El miedo a no volver a verte nunca más, a que me olvidaras, a que me sustituyeras por alguien más alto o más guapo, más como tú, más justo... Deseé cien veces, como un niño atemorizado por el "hombre del saco", que fuera de día pero ya era de día; y pese a que la luz había devuelto a las cosas sus formas habituales el miedo permanecía porque no era miedo a la oscuridad sino al olvido. Ese miedo permanece todavía intacto.
(I.A.)
2 comentarios:
Recuerdos siempre habrá. Pero no valen para nada más, que para establecer ratios de felicidad y poderlos comparar.
Lo que no nos mata, nos hace más fuertes. Y hay que aprender a vivir sin miedo. O con él.
Precioso Pablo, sigue así
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