Y no sé si por el afán de convertirme en dominador de la ficción de mi vida o por mis ínfulas de frustrado novelista me reconocí como el creador absoluto de la historia de mi vida... Y como un mal novelista que fui, he sido y seré, creé personajes innecesarios y vacíos que no aportaban sentido ni ritmo a la verdadera trama pero que me ayudaban a sentirme el Creador. Algo sin duda detestable y a lo que todavía hoy no encuentro explicación salvo la de pensar que le ocurre a los pésimos novelistas cuando confunden realidad y ficción.
Y una mañana, al despertar, me dí cuenta que me había convertido en personaje secundario y que mi vida la escribía otro. Quise reconocerlo pero no pude y me vi envuelto en una trama de angustia, dolor y decepción en la que, a pesar de mis esfuerzos por desligarme de aquel papel, nada podía hacer pues no era yo el que poseía la pluma. Una pluma que perdí al no reconocer cual era la trama importante en el conjunto de historias de muy diverso tipo que componen una verdadera novela.
Y una mañana, al despertar, me dí cuenta que me había convertido en personaje secundario y que mi vida la escribía otro. Quise reconocerlo pero no pude y me vi envuelto en una trama de angustia, dolor y decepción en la que, a pesar de mis esfuerzos por desligarme de aquel papel, nada podía hacer pues no era yo el que poseía la pluma. Una pluma que perdí al no reconocer cual era la trama importante en el conjunto de historias de muy diverso tipo que componen una verdadera novela.
1 comentarios:
Asumir papeles irreales es increíblemente fácil la mayor parte de las veces. Mucho más que abandonarlos, puesto que acaban infiltrandose en nuestras vidas y haciendose reales e imprescindibles, tanto que a veces no sabes cuál eres realmente. ¿El que te muestra el espejo, o el que ves dentro de él?
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