martes 29 de enero de 2008

Mi razón de ser... (divagaciones)

No me conoces... no sabes quien soy... Probablemente me identifiques con una cara o un físico, quizás incluso con una forma de ser, pero ese no soy yo: no realmente. Ese es alguien muy parecido a mí; alguien que a veces, incluso, se hace pasar por mí. Pero yo, que te escribo, no soy ese, no realmente. Es alguien de fuera que es como le dicen que sea, que hace lo que le dicen que haga y que piensa como se debe pensar. Sigue leyendo... si paras yo desapareceré.

Yo solo existo en este pequeño rincón mío, todo lo que soy está aquí: mi rincón y mis propias palabras; las que me sirven para explicarte como soy y como veo el mundo. Pero la verdadera razón de mi existencia eres tú que me lees. Yo no sería nada sin ti: cada palabra que escribo tiene sentido si sale de tu boca, si la pronuncias; todas tienen un sentido pero es el que tu quieres darle. Tu eres, que me lees, quien decide si alegría o tristeza, amor o desamor, locura o cordura... Si tu quisieras el rojo sería azul y el blanco negro. No soy yo el que da sentido a todo esto: sin ti yo no existiría.

Hace muy poco he sabido que me lees y quiero que sigas haciéndolo. Quiero que sigas conociéndome, que me leas. Para darme sentido: para que mis historias existan y ocurran de verdad y para que yo pueda ser como de verdad soy, y no como ese otro que está fuera de este rincón y que se parece a mí, que se hace pasar por mí, pero que no soy yo: el que tu dices que es real pero yo digo que no. ¡Yo digo que él es ficción! ¡Lo mismo que tu dices de mis historias!

Ahora tú dejarás de leer y yo de existir... Espero que vuelvas a mi rincón y que juntos creemos nuevas historias que nos ayuden a comprender (aunque para ti sean ficción y para mí siempre sean reales)... Yo me convertiré en palabra y tu me darás sentido. ¡Hasta entonces!

Anteros

(Nota: perdonad que repita este post. No sé que ha pasado pero se ha borrado y no lo encontraba. Vuelvo a colgarlo para que quede aquí. Un saludo y perdón por las molestias)

Aquella noche, tumbado bajo el manto de estrellas que adornaban una noche de luna nueva, comprendió que nada había sido tan especial como aquella primera noche, bajo un cielo parecido, junto a la única mujer que de verdad había amado. Comprendió entonces que todos los triunfos, el poder y la gloria nunca habían sido sino pequeños placeres de un hedonista resignado que le aportaban una sensación de plácida felicidad pasajera que jamás sería completa. Suspiró hondamente y quedó mirando la bóveda brillante bajo la que había decidido pasar la noche.

-Mañana te arrepentirás de esto, te levantarás y te preguntarás ¿qué has hecho?- Dijo mientras la estrechaba entre sus brazos. Ella no hablaba, lo miraba sonriendo y negando alegremente con la cabeza mientras sus ojos irradiaban una alegría que el resto de su cara jamás sería capaz de comunicar. Ebrio de la alegría que ella pronto le había contagiado con la profundidad de su mirada y también del alcohol que aquella noche de verano habían bebido, la besó y le dijo -ya te dije que yo sería quién pusiera las cosas en su sitio, no el tiempo-. Era todavía un niño en un cuerpo de hombre, siquiera adolescente. Maduraría junto a ella.

Era tarde para darse cuenta de que la había perdido y de que es realmente cuando no se tiene algo, cuando se comprende cuanto se necesita. No era el capricho de un guerrero por recuperar la tierra que antaño fuera suya, por sentir la gloria de la reconquista, sino más bien el sentimiento que él, muchos años antes cuando aún era soldado raso, había experimentado al recibir aquella puñalada helada en el pecho. Aquella vez no murió y pensó que ésta, a pesar de haberla perdido, de encontrarse perdido en un mundo sin sentido, tampoco lo haría. Saldría adelante.

La gloria y los triunfos llegaban sin cesar: había ido invirtiendo el tiempo que dedicaba a pensar en ella, en todo lo que juntos habrían vivido; en batallar en el nombre de aquella causa que no sentía como suya pero que tampoco sentirían los centenares de hombres que tenía a su cargo y que fielmente se alzaban tras él motivados por una fuerza que les contagiaba. Numerosos reinos fueron claudicando al poder de aquellos cientos de hombres sin tierra y sin hogar al que regresar. Reconocimientos militares y éxitos personales se sucedían. Conoció nuevas mujeres a las que supo amar fugazmente, disfrutó grandes y lujosas fiestas en honor de sus victorias y vivió momentos gloriosos que quedarán para siempre en la historia de la humanidad. Pero a menudo, en la batalla o en los momentos de paz, cuando los gritos desaparecían y el silencio se convertía en el único compañero de aquellos hombres sin bandera, el viento le traía aromas de su amada, músicas que junto a ella había oído y compartido, sabores de su piel y de sus labios… Entonces se daba cuenta que nada había cambiado.

Las veces, que no eran pocas, en que sentía perder por completo la fuerza y el rumbo; cuando no comprendía porque estaba allí y porque luchaba por algo que no sentía como propio, imaginaba su cuerpo desnudo, se envenenaba pensando en todos aquellos malnacidos que disfrutarían del placer de una carne que él conocía a la perfección. Eso provocaba la suficiente ira y desesperación para alzar su arma y seguir matando… Con suerte alguno de esos malnacidos se alistarían en cualquiera de los otros ejércitos contra los que luchaba y así probarían la furia de su ira, pagarían con pena mortal la osadía de convertir en mundana la carne aquella diosa que había guiado (sin saberlo) su vida.

Tumbado bajo las estrellas de aquella noche, la última que dirigiría aquel ejército, supo que hacía mucho tiempo que ella se habría arrepentido como él le dijo la primera noche. Supo que la gloria, los triunfos y todo lo que otros habían envidiado no era suficiente, no era lo importante. Volvería a un lugar del que partió hace mucho para encontrarse con un pasado que nunca había olvidado. Pasaría el resto de su vida condenado a una muerte peor que cualquiera a la que una guerra le habría producido: moriría de esperar, de esperarla.

Nota: La foto que incluyo es de una buena amiga cuyo fotolog podeis visitar pues está enlazado en el espacio "enlaces que me gusta leer". Perdonad los posibles fallos técnicos y, si os gusta la idea de colgar fotos originales, intentaré ir mejorándolo y perfeccionándolo.

lunes 21 de enero de 2008

El edificio, que antes había sido un convento franciscano, tenía en la parte inferior una bella fuente de piedra en el centro de un amplio patio, el violento caer del agua era lo único que se atrevía a perturbar el silencio profundo que envolvía al edificio. Como si todavía conservara las máximas de “recogimiento y oración” que hacía muchos años la rigieran, la nave central, en el piso superior, guardaba un silencio que parecía eterno, únicamente alterado de vez en cuando por el sonido de una página que pasaba buscando conocer si al final el joven Julián Carax encontraría el rastro de su amada Penélope. La nave, alta y de grandes ventanales por los que penetraba una intensa luz de color amarillo que se mezclaba con el blanco mortecino de los tubos de flúor que colgaban del techo, era el único lugar donde encontraba la suficiente paz y tranquilidad para concentrarse en sus escritos.

Le resultaba curioso tener que escribir en aquel lugar, rodeado de libros ya escritos. Parecía ser una afrenta personal o siquiera una burla, de cada uno de los autores de esos libros hacía él: “nosotros, todos nosotros, ya hemos escrito nuestro libro… ¿y tú?”. Llegó incluso a sentir la sensación de estar cometiendo algún tipo de pecado mortal de atrevida vanidad: “donde descansa el legado vivo de los Valle-Inclán, Baroja, Cervantes y muchísimos más, ahí es donde yo pretendo crear mi modesta obra que no se si llegará a ser tal”.

Era la disposición aleatoria de los títulos que se ofrecían al público lo que le descargaba, en gran medida, de esa responsabilidad, del sentimiento de culpa y osadía. Con relativa frecuencia, mientras esperaba pacientemente a que “una musa” se introdujera en su pluma para escribir al menos una página, pasaba horas de silenciosas carcajadas observando esa peculiar disposición. Desde su posición y hasta donde la vista podía alcanzar encontraba “Nadar más rápido” y “Manual práctico de supervivencia” juntos en la misma estantería; en la estantería justamente superior “Teoría literaria” o “Retórica Literaria” y un poco más a la izquierda una completa “Guía del Voyeur” y un título que más de una vez se había propuesto leer, al menos en ratos de infelicidad: “Cine o Sardina”. Pero, sin duda, lo peor desde su punto de vista es que junto a estos libros, sin ningún muro de piedra y acero, ni cartel luminoso y fluorescente que los diferenciara se encontraban obras tan variopintas como “El Chamán” de Noah Gordon o “El cartero y Pablo Neruda”. Pensaba que el encargado de la disposición de aquellos libros ya había cometido un sacrilegio mayor que el suyo, uno por el que los grandes autores del pasado se revolverían en sus tumbas. Además si allí había sitio para un “Manual del Voyeur”, también debería haber, algún día, sitio para una novela seria a la que estaba dedicando tanto tiempo. Eso le animaba…

En el folio en blanco trazaba una línea transversal en la parte superior donde escribía ideas fugaces, conceptos, que le ayudarían a escribir: “el amor”, “los celos enfermizos”, “amor carnal”… Tras anotar dos o tres ideas comenzaba a escribir y tachar de manera vertiginosa sin saber bien a donde se dirigía. En ese momento una chica de aire distraído se sentó frente a él abriendo un gran libro cuyo título había podido adivinar: “Derecho Civil”. Se quedó observando a la chica y apreció como ésta resoplaba con una respiración agitada, probablemente provocada por el tramo de escaleras que había subido para acceder a la sala.

Sin saber cómo, imaginó que aquella respiración venía provocada por una larga carrera. Ella habría cerrado la puerta sin mirar, habría bajado las escaleras y habría comenzado a correr sin mirar atrás. No soportaba los gritos que su padre daba a su madre, el odio con que le profería aquellos insultos. No sabía por qué pero seguía corriendo; era una forma de escapar de aquella situación que recordaba, y se repetía, desde siempre. No pudo imaginarla sin dejar de correr. Seguía corriendo sintiendo el aire frío en la cara, pensando que no habría en el mundo una sensación tan parecida a la libertad como aquella y pensando, también, si su madre alguna vez habría hecho aquello, si habría corrido para huir de su marido: probablemente no lo hiciera por culpa de ella y de sus dos hermanos, a los que su madre nunca habría abandonado.

La luz amarilla que entraba por los ventanales de la gran sala se orientaba ahora directamente hacia el lugar donde él estaba sentado. El folio en blanco, impoluto, reflejaba la luz de modo muy tenue y al mirarlo pudo ver como la chica, que seguía frente a él preparando un posible examen, detenía su carrera en seco al llegar a un parque que muchas veces había visto pero en el que jamás había estado. Estaba agotada. Casi sin pensar se dejó caer sobre un tupido manto de césped junto a unos columpios y comenzó a llorar. Él apareció tras los columpios, se tumbó junto a ella y le dijo:
-Lo sé todo, se lo que te pasa. No temas, no me conoces pero como te digo lo sé todo; yo, vengo de otro lugar y sé que al final todo se arreglará. Tu madre es fuerte, puedes confiar en mí- Ella lo abrazó y siguió llorando sin consuelo.

-Se… Señor perdone que le interrumpa: dentro de diez minutos cerramos- Dijo un señor mayor con el pelo blanco y una voz grave que retumbaba en el recinto. Levantó la cabeza y vio partir a la chica con su libro bajo el brazo. Tras recoger todos sus apuntes y notas salió de la sala bajando hasta el patio donde se alzaba, alborotadora y ruidosa, la fuente y partió hacia su casa. Al llegar pensó que debía escribir una novela sobre algún tema relacionado con los malos tratos y que empezaría esa misma tarde.

miércoles 16 de enero de 2008

Realidad o sueño...

Anoche mientras dormía alguien entró en mi habitación, se paró junto a mi cama y me despertó. En realidad no se si aun dormía, si era un sueño o no... No, ¡estaba despierto! A pesar de que mi habitación estaba oscura pude apreciar que se trataba de un hombre, no muy alto y cuyas facciones me resultaban familiares, por su voz pude apreciar que se trataba de un hombre bastante mayor.

-Estoy aquí para que hables de mí, de mi historia- me dijo con un reproche que sonaba más a canto alegre
-¿Cómo?- Logre farfullar entre la confusión y el cansancio
-¡Pues eso hombre! Que estoy aquí para que hables de mí, de mi historia
-Eres... eres un sueño...- dije algo molesto por la inoportunidad del momento
-Como quieras, pero escúchame: esto, lo que voy a contarte, tienes que escribirlo mañana mismo en tu blog. Es la historia de mi vida... Es una historia bonita, de grandes alegrías y aventuras que merece ser contada; hay quien empieza a cansarse de tanta historia triste en tu blog, de tanto problema metafísico del hombre. Tú eres muy joven pero la gente... ¡La gente necesita alegrías hombre!
-¡Escribo sobre lo que me da la gana!- dije completamente contrariado por la situación, el hombre me miro con cierto desdén, continué -es difícil escribir historias alegres además... ¡esto es un sueño!-

Arrebatado por el cansancio y sometido por la incomprensión me decidí a escucharlo. El hombre se sentó a los pies de mi cama y me contó su vida... ó como a él le gustaba llamarla: "La historia de su vida". Era una historia fabulosa, de aventuras increíbles, llena de historias de amor que pensé (y envidié) que yo nunca viviría, de algunas tristezas y sin sabores, pero sobre todo de alegrías, de grandes alegrías y satisfacciones. Seguí pensando, mientras hablaba, si aquello era o no un sueño; ¡pero daba igual! Fuese realidad o sueño aquel relato debía ser contado. Gustaría a muchas personas, ayudaría a vivir a muchas otras, y yo cumpliría por fin mi sueño: publicar mi primera novela.

Aun no sé si fue un sueño o realmente alguien, cuya vida resultaba una historia increíble, estuvo conmigo en mi cuarto anoche... Esto es todo lo que recuerdo....

(seriously)

lunes 14 de enero de 2008

¿Vivir?

Salió despacio y en silencio para no despertarla: estaba decidido y ella intentaría disuadirlo, discutirían, ella se pondría a llorar como una loca, y acabaría no haciéndolo para que ella no se culpara de por vida de no haber retenido aquel amor que para él no era tal, sino simple costumbre o cariño hacia aquella pequeña, pero bella mujer, que cada noche dormía junto a él enredándole el pelo, con su peculiar aroma indescriptible pero casi tan bello como ella, en la cara y que cada mañana lo abrazaba y lo besaba de manera muy parecida a como su madre lo hacía muchos años atrás. Cuando aun las cosas eran sencillas…

Había tomado la costumbre de hablar sólo, en voz alta, y así: sólo con sus pensamientos, había aprendido a solucionar sus problemas. Cuando aún era muy pequeño su madre le enseñó algo que jamás olvidaría: “no es bueno reír, a la gente no le gusta; eso hace que parezcas feliz y a la gente no le gusta porque suelen ser envidiosos”. Siempre había sido un niño demasiado maduro para su edad, sus razonamientos se adelantaban a la edad que su estatura hacía presagiar, y había podido comprobar entre sus compañeros del colegio y también en esa otra vida que junto a los niños viven los adultos, que su madre, a pesar de todo lo que sobre sus consejos decía su padre, tenía razón. Así siempre había pasado inadvertido y quizás no tuviera un amigo de verdad, pero tampoco había tenido jamás un solo problema, nadie nunca le había hecho daño. Todo era sencillo, pasar inadvertido, solucionar sus propios problemas sin ayuda de nadie y seguir viviendo.

Pero la vida de adulto se va complicando y te enreda, como se enredaba en su cara el pelo de aquel “amor” con el que solía compartir las noches de insomnio. No había reído nunca a carcajadas y tampoco nunca compartió con nadie una charla que le ayudara a comprender su existencia y los grandes problemas que acechan al hombre. Subía las escaleras hacia su habitación pensando quien era él, quien era aquella persona con que compartía su vida y por qué tenía él que compartir su vida que era suya y de nadie más, cuando encontraría un trabajo decente… Pensó que, para un adulto, eso era la felicidad; y una vez más, en voz alta dijo: “eso es, la gente es feliz cuando tiene una compañera con quien compartir las desgracias, un trabajo y una casa. Yo lo tengo todo y aun así no soy feliz por eso tengo que terminar con todo este pesar”.

Llegó a su habitación y sacó una pequeña caja que había en el segundo cajón de la cómoda. Dentro de la cajita un pañuelo de seda recuerdo de su madre protegía un pequeño frasco de cristal que sacó y puso junto a la mesa de estudio. Con aire de antiguo alquimista que mezcla sus pociones con rigor y majestuosidad, volcó el contenido del frasco, un líquido transparente y de olor amargo en un vaso chato y estrecho, se quedó mirándolo y de nuevo dijo en voz alta “voy mamá… sé que papá sabrá perdonarme”. Paso un minuto en silencio, observando el vaso que contenía el líquido, con una mirada en la que se mezclaba a partes iguales la curiosidad y el ansia de quien espera una buena noticia que sabe que le darán. Se tumbó en la cama y por fin bebió.

Empezó a sentir como la sangre golpeaba sus sienes violentamente y reconoció esa sensación, porque era igual a la agitación que sentía cuando, de pequeño, en el patio del colegio, marcaba un gol y todos sus compañeros de clase le abrazaban. Un escalofrío descendió desde la cabeza a los pies y le trajo el recuerdo de aquellas tardes de invierno en que su madre abrazada a su febril retoño trataba de curar con cariño la gripe de su hijo. Para entonces un sueño pesado y profundo se apoderaba de él como cuando de adolescente, junto a su primo, se quedaba dormido contemplando el atardecer rojizo a la orilla de un mar fresco y tranquilo de verano. Para entonces el aire casi no llegaba a sus pulmones. Recordó entonces a aquella pequeña mujer, bella, tan distinta a él y que ni si quiera conocía del todo, encima suya dejando caer sobre su cara su largo cabello oscuro llegando hasta la boca de su amado; el cabello era tan espeso que, a menudo, le dificultaba la respiración… la misma sensación experimentaba ahora. Sin saber si se trataba de una ensoñación más propia del delirio final de un moribundo o de otro recuerdo más, sintió como le embriagaba el olor tan peculiar de los cabellos de aquella mujer y le pareció estar acariciándolos, pero no con una de esas caricias fingidas y vacías; era una caricia de verdad. Entonces comenzó a reír a carcajadas por primera vez en su vida: “¡al fin se lo que es la felicidad!” musitó con una débil voz que casi no salió de sus labios. Cerró los ojos y su cuerpo permaneció inmóvil y frío durante varias horas.

(Gracias a Carmen J. Rivas, sin ella este post no existiría)

martes 8 de enero de 2008

Maktub

Al llegar al apartamento aquella tarde se sentó buscando una explicación a una pregunta aún sin formular. Una sensación de desazón, como si de una duda constante que no se resuelve se tratara, se había apoderado de él desde hacía unos días sin ninguna causa aparente y le provocaba un desconcierto que primero, atribuyó al cansancio tras los días de fiesta y, posteriormente, a la falta de nicotina debido a su recién estrenado "nuevo propósito" de dejar de fumar. Volvió a fumar, y había descansado lo suficiente... era algo más profundo.

Como cada tarde encendió la televisión, no tanto por encontrar algo interesante que le entretuviese y calmase esa desazón, pues ya hacía años que la televisión era como uno de esos compañeros de trabajo a los que había aprendido a mirar, atender, escuchar y hablar utilizando el mínimo esfuerzo; sino más bien para que ésta (la televisión) lo acompañara en sus horas de transición hasta el momento de acostarse, que no era más que el anuncio de un nuevo día. Pero esa tarde ocurrió algo.

Durante el telediario una noticia llamó su atención: la editorial Planeta de Agostini publicaba una colección dedicada al escritor brasileño Paulo Coelho que se abría con una de sus obras maestras más conocidas: "El Alquimista". En aquel momento la desazón se hizo mayor. Aquel instante le pareció haberlo vivido ya, uno de esos déjà vu pensó, y como golpeado por un zarpazo seco y contundente de la memoria recordó a Adriana, su novia de tantos años que dejó en el pueblo antes de marchar a la capital en busca de un futuro próspero. Ella le había regalado aquel libro en su último cumpleaños, poco antes de que él marchara.

Pasó más de dos horas buscando el libro por el minúsculo apartamento sin obtener resultados. De pronto, cuando estaba apunto de desistir, sin saber muy bien por qué, miró bajo la cama y encontró una pequeña caja que debía estar allí desde la mudanza y que, probablemente por falta de sitio o de tiempo, no había abierto. La abrió y encontró multitud de fotos: con sus amigos en el río, con Adriana en la cafetería a la que a ambos les gustaba ir, y una foto grande y a color de su madre. Entre multitud de recuerdos encontró por fin "El Alquimista". Ojeó el libro como si de un tesoro encontrado de improviso se tratase. La desazón se había tornado nerviosismo. Encontró una dedicatoria en la página inicial en la que rezaba "Para siempre" y que firmaba Adriana.

"Cuando una persona desea realmente algo, el Universo entero conspira para que pueda realizar su sueño. Basta con aprender a escuchar los dictados del corazón y a descifrar un lenguaje que está más allá de las palabras, que muestra aquello que los ojos no pueden ver". Esas tres líneas aparecían en la contraportada del libro y estaban subrayadas (a ciencia cierta por Adriana) con un bolígrafo rojo. Comprendió entonces que todo lo que había pasado ese día era una de esas señales de las que hablaba Coelho. Comprendió que había estado, durante años, haciendo lo "conveniente", lo que debía hacer, lo "mejor para él", basando por completo su existencia a lo racional, a lo que era más cabal. Eso le había llevado a aquella gran capital, donde el ruido y la prisa eran dueñas de la vida de las personas, donde charlar con un desconocido era una pérdida de tiempo e incluso una temeridad.

Comprendió por fin que debía marchar de nuevo al pueblo que le vio nacer, buscaría una casa cerca de su madre y trataría de encontrar a Adriana para compartir el resto de su vida con ella. Ella había comprendido todo eso mucho antes que él y seguro que estaría esperándolo. Volvió a abrir el libro al azar y encontró el siguiente pasaje:
-Maktub- dijo finalmente el Mercader
-¿Qué significa eso?
-Tendrías que haber nacido árabe para entenderlo-repuso él-. Pero la traducción sería algo así como "está escrito".

Maktub pensó también él mientras se sentaba en el borde de la cama tratando de descansar tras todas esas emociones. "Todo esto estaba escrito, tenía que pasar, tenía que darme cuenta". Eran las dos de la mañana; se aflojó el nudo de la corbata, comió algo de fiambre que había en el frigorífico y se acostó.

A la mañana siguiente como cada día se levanto a las seis y media para ir a trabajar. Se duchó y salió deprisa sin tiempo para desayunar. Sentado en el metro, bastante más calmada la excitación de la noche anterior, pensó: "Hoy cuando termine de trabajar hablaré con Jesús, le diré que tengo que marcharme... Quizás sea algo precipitado y no puedan cubrir mi baja, esperaré mejor unos días... O quizás mejor será esperar hasta verano, entonces seguro que mi trabajo está terminado; así lo haré".

(para P. A.)

miércoles 2 de enero de 2008

Demencia

Había estado, durante toda la tarde, tomando aquella estupenda merienda al lado del antiguo molino propiedad de su familia junto a sus hermanos y algunos de sus primos: tostones de pan grueso, mojados en aceite hecho con las primeras aceitunas e impregnados de azúcar. Su tía y su madre eran las encargadas de hacer y repartir aquella dulce y abundante merienda. Al acabar acudirían todos a los rompedizos para ver saltar el agua, y jugar a lanzar piedras contra el agua, quien lanzara la piedra más lejos ganaba. Quién sabe... ¡quizás lograra atravesar todo el embalse con su lanzamiento! Pero tenía mucho sueño, eso seguro que empeoraría su lanzamiento...


Alguien entró en la habitación, subió la persiana de un golpe y un disparo de luz densa y amarilla atravesó la habitación. Tenía hambre a pesar de haber merendado, quiso dar un salto de la cama y correr hasta el comedor pero no pudo. Su cuerpo era lento, pesado, torpe... no comprendía, quizas el sueño... Todo eso le provocaba una sensación extraña. Fue al baño y mientras se secaba las manos se miró al espejo: se reconocía, sabía a quien estaba mirando, pero no era él, era una persona mucho mas mayor, vieja. Pensó que seguía durmiendo, que aquello era parte de un sueño.

"¡Mamá, mamá!" gritó alegremente por el pasillo. En lugar de su madre encontró a una señora mayor, de una edad parecida a la de aquel hombre que había visto reflejado en el espejo y en que se había reconocido; pero no era él. Aquella señora a la que también reconocía, pero no era su madre, le hablaba con cariño, con paciencia, junto a ella otra mujer bastante más joven pero que se parecía bastante a la mujer mayor; y también, de alguna manera, a ese hombre que había visto en el espejo. No comprendía nada.

Comenzó a preguntarse donde estaban sus hermanos, su madre... Después de merendar los tostones de pan, en los rompedizos, se habría quedado dormido, su madre lo habría llevado a casa. Y ahora, al despertar no era su casa, su madre no estaba, ni sus hermanos, su cuerpo era distinto... Una tremenda angustia se fue apoderando de él. Comenzó a llorar. Mientras aquellas dos mujeres con voz calmada y comprensiva le hablaban de esposas, hijos y personas que él desconocía, su corazón latía cada vez más fuerte oprimiendole el pecho, el aire parecía hacerse muy denso, dificultando en extremo la respiración. Nadie le explicaba nada, solo quería saber donde estaba su familia.

Tras acceder a beber un vaso de leche que la mujer más joven había estado un rato moviendo empezó a sentir de nuevo un gran sopor. "Túmbate aquí mismo" fue lo ultimo que escuchó y cerro los ojos. Antes de rendirse a la profundidad oscura del sueño pensó: "todo ha sido un sueño, despertaré definitivamente y estaré en casa, junto a mi madre y mis hermanos a los que ayudaré a poner la mesa para la cena".

Cuando se despertó escuchó una voz joven y alegre "¿Abuelito ya estas despierto?", la reconoció al momento: era su Luisa. Ella se sentó junto a el, lo besó en la frente y dijo:
"¡Venga abuelo que vamos a almorzar!"- dijo
"Pero si he merendado hace un momento"-respondió todavía adormecido
"!Imposible!"- dijo con tono vivo y algo desesperado - "Son las dos menos cuarto, así que ¡vamos despabilate!"
"Esta bien Luisa"