martes 27 de mayo de 2008

Tirado boca arriba sobre el asfalto de aquella estrecha carretera de montaña que subía a la casa de la sierra; preso en un cuerpo inmóvil, casi inerte e incapaz de percibir sensaciones tan primarias como el dolor o el frío comprendió que su fin estaba cerca. Tras los primero momentos de angustia y desesperación llegó la resignación: no había nada que hacer, sólo alguien que lo encontrara en su camino podría ayudarlo. Recordó entonces “Viaje a la Semilla”, un pequeño cuento que había leído hacía algún tiempo y que no había podido olvidar. Liberado del peso material de un cuerpo que le obligaba a vivir anclado en el presente quiso regresar a “la semilla”. Volver atrás para regresar junto a la mujer que, hacía ya muchos años, había perdido por una estúpida discusión de adolescente provocada por el necio orgullo. Terminar sus días en los felices y despreocupados años de la infancia, junto a la única mujer que lo había querido tal y como era… ¡Cuán justa sería la vida a la inversa! Cerró los ojos y comenzó el viaje.

Condujo el coche de regreso hasta su casa, subió a su habitación donde deshizo la maleta y bajó para almorzar algo… Como en el cuento el viaje había comenzado.

Al entrar en el hospital fue conducida directamente a la Unidad de Cuidados Intensivos. Tras escuchar atentamente durante unos minutos a una joven médico fue conducida por una enfermera hasta un pequeño habitáculo donde, sobre una cama rodeada de monitores y otros trastos, contempló con horro el cuerpo destrozado del joven muchacho. El cuerpo tapado con una sábana y la cara estaban llenos de golpes, magulladuras y señales del terrible accidente. La enfermera dijo: “Está muy grave… No cabe demasiada esperanza… Puede estar aquí el tiempo que quiera”.

Tras dejar a la mujer con la que había compartido 6 años de su vida marchó a un pequeño piso de alquiler donde tuvo otras relaciones, más cortas e informales con chicas jóvenes llenas de sueños de futuro. Arregló todos sus problemas con ella y al poco tiempo regresó a la casa donde se había criado, le gustaba pasar las tardes jugando con sus primos y con “Odín”, el viejo pastor alemán de su abuelo; únicamente paraba para merendar aquel rico bizcocho de nueces que preparaba para él con tanto cariño.

A pesar de todos los años sin verlo y del lamentable estado en que se encontraba aquel cuerpo lleno de golpes y magulladuras, sintió que aquel joven seguía siendo su pequeño y que, a pesar de creer haberlo perdido para siempre, nada había cambiado. Se sentó en la cama junto a su cabeza y recordó las noches en vela junto a su cuerpo de niño cuando una extraña enfermedad casi acaba con su vida.

Un día comenzó a sentirse mal, la fiebre le quemaba por dentro y le obligaba a pasar días, e incluso semanas enteras, acostado. A pesar de aquello, quizás por su poca conciencia para los problemas reales, no estaba triste: ella pasaba las noches junto a él. Se dormía descansando su cabeza sobre el regazo mientras escuchaba las canciones con que dulce y tranquila, pero a la vez alegre, acunaba su sueño durante aquella fastidiosa enfermedad. Sintió entonces una de sus caricias… ¡La sintió de verdad!

Antes de mandar desconectar todos aquellos aparatos acarició su frente: el tiempo no había pasado. Tras secarse con el puño del jersey una lágrima que atravesaba su mejilla hizo un gesto a la enfermera que aguardaba a los pies de la cama. Ésta, sin pronunciar palabra y con los ojos vidriosos se dirigió hacia él.

Al poco tiempo se hizo la oscuridad… No sabía hablar y tan siquiera podía moverse; pero sentía el bienestar y la calma de un cálido abrazo. ¡Había vuelto por fin a la semilla! ¡Estaba dentro de ella y nada les separaría ahora! Ella salió del pequeño recinto llorando desconsoladamente mientras una enfermera cubría su cuerpo y su rostro con una sábana blanca, anotando algo en una pequeña libreta. La mujer se alejó por el pasillo sin volver la vista hacia atrás, dejando en aquella sala el único vínculo tangible con los años más felices de su vida, sus recuerdos siempre permanecerían mientras aguardaba la hora en que quizás se encontraran.