domingo 28 de septiembre de 2008

Silencio

Condujo en silencio durante los cuarenta y cinco minutos que duró el trayecto de vuelta a casa. Hacía algún tiempo que ese silencio se había apoderado, cada vez más, de su vida: siempre había poseído la facilidad para emplear la palabra adecuada en el momento correcto; era capaz de decir aquello que las personas necesitaban escuchar en cada momento, sin embargo, desde hacía algún tiempo aquel maravilloso y oportuno don se estaba perdiendo en un mundo interno lleno de dolor, reproches y miedos que se perdían antes de llegar a las cuerdas vocales.

Tampoco encontraba en las palabras ajenas las frases que quería o necesitaba escuchar. Todo eso, unido a la dificultad para explicarse en un mundo en el que la palabra cada vez importa menos y el tiempo de los demás tiene un precio que casi nadie puede pagar, hizo que eligiese el silencio como la mejor, quizás la única, opción de supervivencia.

Cuando salieron de la habitación todas aquellas personas a las que ni siquiera recordaba haber visto, se sentó a los pies de su cama en la que aún yacía ya rígida y pálida. Una lágrima cayó hasta sus labios y éstos, después de años de forzada inactividad, balbucieron dos palabras: “lo siento”. No obtuvo respuesta. Recordó aquellos cuarenta y cinco interminables minutos en los que, por primera vez, quiso decir tantas cosas y no fue capaz, entendió lo que ella habría sentido durante todo ese tiempo. Entonces gritó con todo el aire que tenía el los pulmones maldiciendo aquel día en que su vida cambió para siempre.

miércoles 24 de septiembre de 2008

Insomnio

Quizás soñé que jugaba al fútbol en un largo pasillo, de una casa inmensa y en uno de mis chuts rompía una pieza de cristal muy apreciado por una mujer muy querida. Después creí soñar con un hombre que me resultaba familiar y que caminaba dándome la espalda… No caminaba deprisa pero yo no podía alcanzarlo y por más que gritaba no conseguía que me oyera. Soñé que, ya de mayor, me matriculaba para realizar unos estudios que no me gustaban pues siempre quise ser un gran novelista. Leí en las noticias que hallaron cerca de un río el cadáver del novelista que no fui. Soñé que una mujer, a la que amaba profundamente, se marchaba de mi habitación llorando y yo me quedaba inmovilizado mirando como cerraba la puerta. Soñé que esa puerta se había quedado entreabierta.

Al despertar me encontré recostado en una mesa de trabajo delante de un ordenador portátil; estaba solo: nadie me observaba, nadie había para decirme “tranquilo, ha sido un sueño”. ¿Cuantas horas llevaba sin dormir? ¿Se habría acabado mi insomnio?

miércoles 17 de septiembre de 2008

Al día siguiente supe, por primera vez, a que sabía la dulce venganza. ..

Observé por primera vez a aquella mujer mientras descendía desde el Paseo Marítimo hasta la orilla. Toda la luz del sol que bañaba los cuerpos tendidos sobre la arena, se desvió buscando concentrarse en su rostro que, aún marcado por las huellas del tiempo, conservaba la belleza de las mujeres de verdad, aquellas perfumadas por la experiencia y la resistencia al paso del tiempo, en las que cada pequeña arruga se cuenta como una herida de guerra cosida por el coraje de la lucha diaria. El mar pareció detener a las olas pidiéndoles un momento de calma sepulcral en el que lo único que se escucharan fueran los pasos de aquella dolorosa, caminando descalza sobre la arena. No debía ser mucho más joven que la mujer que me engendró, sin embargo en ella encontraba algo que no había contemplado antes en ninguna mujer, y mucho menos en ninguna de las niñas de mi edad, hasta entonces: una belleza virginal que provocaba en mí el deseo, tal vez el instinto, de poseerla; de que fuera mía.

Aquellas tardes de septiembre en que bajaba a la playa con mis amigos eran uno de los únicos momentos de diversión en un caluroso verano en el que las ausencias de mis padres se hacían incomprensibles y sus continuos viajes a la capital, nada convincentes. Después de comer y tras una obligada siesta que mi abuela no me permitía eludir, quedaba con mis amigos para bajar por el interminable paseo, cuajado de álamos, hasta una de las playas más concurridas de la ciudad. Allí, junto a un viejo espigón al que las familias no solían llegar y que ya considerábamos nuestro, pasábamos la tarde jugando a todo tipo de juegos en el agua. Cuando la tarde daba sus últimos coletazos caíamos rendidos en la orilla, nos tumbábamos para ver como el sol se despedía del mar ocultándose tras él; aquella era la señal para que toda la pandilla se disolviera en cuestión de minutos debido a una desbandada general: cada uno corría a su casa para evitar el castigo que le impidiera poder volver a la tarde siguiente. Fue allí donde la vi por primera vez.

Desde entonces aquel trozo de playa junto al espigón era mi particular atalaya desde la que contemplar el, voluminoso y lleno de sinuosas curvas, cuerpo de aquella mujer que comenzaba a provocar en mi interior multitud de reacciones físicas y psíquicas a las que no encontraba explicación pues nadie antes me había hablado de ellas. En algún momento de la tarde dejaba escapar la pelota para que pasara junto a su lado, eran momentos inexplicables, de auténtica emoción: pasaba muy cerca, casi sentía que la acariciaba, podía saborear su olor y apreciar de cerca cada rincón de un cuerpo que me parecía la fachada de una de esas catedrales que había visitado con mi madre y que, por mucho que las miraras, siempre encontrabas cosas nuevas y sorprendentes y, a la vez, místicas que antes no habías visto. Llegué a desarrollar un profundo mal humor, incluso dolor físico, si ella no acudía a nuestra cita diaria, pues yo nunca había faltado… ¡ni lo haría!

Aquella mezcla de nuevas experiencias que alborotaban un caluroso verano se tornaron fatales cuando una tarde cualquiera un hombre que parecía mucho más joven que ella y con aspecto algo chulesco se tumbó a su lado. Observé gestos, miradas, algún roce de manos que me resultó anormal… Pronto me llegó la confirmación: un beso interminable debía ser la evidencia de un amor inmenso; ni siquiera había visto nunca a mis padres besarse así.

Aquel hombre se hizo un estorbo inevitable que desde aquella tarde no dejó de interponerse entre mis ensoñaciones y ella. Pasaban horas sin mirarse… Al tiempo uno de los dos rompía a gritar y gesticular ostensiblemente. Al final, casi siempre, ella se tumbaba boca abajo llorando durante un buen rato mientras él se alejaba para bañarse o despreocuparse de aquella situación como ignorando lo sucedido. Al rato volvía y se sentaba junto a ella: sin saber por qué todo estaba resuelto y se fundían en abrazos y besos que alguna vez incluso no había sido capaz de mirar a causa del rubor. Habría dado lo que fuera por tener la edad suficiente para echar de allí a aquel Judas y haber consolado con mis palabras y mi cuerpo a aquella Magdalena envuelta en llanto.

Una de las peleas se prolongó hasta el atardecer. Mientras mis amigos contemplaban el espectáculo vespertino del sol en su huída diaria tras del mar, yo observaba alterado aquel nuevo conflicto. Cuando el último rayo se hubo despedido de la tierra hasta el próximo día, mis amigos corrieron a toda prisa para llegar cuanto antes a sus casas… ¡era la señal! Yo permanecí un tiempo más en el espigón; esta vez no se solucionaría tan fácilmente: ella recogía sus cosas y se marchaba mientras él, despreocupado como siempre, se acercó al espigón para saltar al mar. Quise acompañarla y decirle… ¿Qué le habría dicho? Pero el miedo me paralizó. Antes de salir giré la cabeza para verlo, ¡no podía creer su despreocupación mientras ella marchaba llorando!

La marea había subido pero no lo suficiente. Debía haberse golpeado con las rocas que descansaban a los pies del espigón porque pude apreciar como flotaba bocabajo, inmóvil, sometido al vaivén de las olas. Miré al horizonte…El sol ya ni siquiera dejaba un testigo de color reflejado en el mar y pensé en mi abuela. No volví a mirar. Corrí hasta casa tan rápido como me permitieron mis piernas.

Tras la obligada siesta de cada tarde mi abuela me dijo: “hoy no irás a la playa. Ayer murió un hombre allí; no volverás a ir si no es acompañado de alguno de tus primos mayores”. No me importó. Pasé la mañana asomado a la ventana. Tuve la certeza de que, de alguna u otra manera, aquella mujer ya me pertenecía. Jamás volví a ver a aquella mujer pero esa certeza, aquella sensación de posesión se mantuvo durante mucho tiempo.

domingo 7 de septiembre de 2008

Esperanza

Una tarde, volví a percibir una fragancia después de años en los que lejos de estar atrofiados, mis sentidos habían perdido el interés por la vida esperando melancólicamente que un recuerdo los devolviera al mundo real. Era un olor dulce y atractivo que reconocí al momento. Giré bruscamente la cabeza y la observé acercarse a mí. Mis pupilas se encogieron, después de años sin percibir la luz y el brillo, al verla iluminada por un rojizo rayo del sol que, a punto de extinguirse, se colaba por la calle desde el parque y dibujaba su silueta delgada y esbelta como siempre lo había sido. Su pelo moreno y su tez pálida y tersa seguían componiendo una mujer bella a la que tres años de dolor y angustia no habían conseguido marchitar… Habían pasado tres años y me pareció la misma mujer, aquella que nunca fui capaz de describir en una de mis frustradas novelas, la misma que yo había dejado marchar con la resignación de que el destino me depararía, incluso sin ella, gloria y fortuna… ¡No había cambiado!

-¡Cuanto tiempo! ¿cómo estas?- dijo sin perder la sonrisa en ningún momento; aquella sonrisa fácil, capaz de llenar de vida el alma de cualquier ser humano.
-Bi... Bien, ¿y tu?- respondí casi petrificado por el miedo a los reproches tras años sin hablar con ella y, sobre todo, por el miedo a lo desconocido: a no saber si habría rehecho su vida o si sería para ella un conocido más.
-Muy bien- sentí un enorme peso en el pecho al oír aquellas dos palabras -Vengo a una entrevista de trabajo, es en una clínica muy cerca de aquí y voy tarde... Nos veremos ¿de acuerdo? ¡Ahora tengo que irme!- su sonrisa se hizo aún más grande y se marcho deprisa con un aire despistado que tampoco había perdido.
-Sí, por supuesto- contesté en voz alta para que me oyera al marchar.

Quise decir millones de cosas, millones de palabras que expresaban sentimientos, dudas y remordimientos que guardaba desde hacía mucho tiempo y que quedaron dentro quizás empujadas por tantos años de silencio y por el miedo a volver a hacer daño a alguien que no lo merecía.

Al volver a casa era casi de noche; el olor del jazmín que mi madre había dejado plantado antes de marcharse aquel verano me recibió y después de mucho tiempo pude disfrutar aquel aroma que me devolvió a la vida de un golpe... Entonces comencé a llorar. Me desnudé y me metí bajo de la ducha: después de mucho tiempo sentía el agua fría helando mi sangre, y podía oler el perfume del jabón... Comí como hacía tres años que no lo hacía y disfruté cada bocado: dulce, salado, ácido, amargo... ¡Los sabores habían vuelto! Me acosté con la sonrisa de un niño pequeño que duerme sin preocupaciones y pensé que mi mundo dejaba de estar vacío... Ella había vuelto para perdonarme y hacer el mundo distinto cada día... Nada sería igual ahora: colores, brillos, luces, sombras, música, sonidos, sabores increibles, sensaciones, frío, calor...

Al salir de casa la mañana siguiente reconocí que nada había cambiado: en la gran avenida, que desembocaba en la Catedral inacabada, los tilos, todos alineados con una marcialidad castrense, carecían de pigmento: pese a ser otoño los colores canela y tierra de sus hojas eran una ilusión y el gris uniforme los teñía por completo. Los coches y el estruendo de la ciduad no eran más que un leve murmuro para mí y las biznagas, que ofrecían las alegres gitanas en mi camino hacia la oficina, olían a todo y nada pues carecían de olor. Entré en la oficina convencido de que el sueño no era más que eso: un sueño. Comencé el trabajo generando la necesaria ilusión, tanto como el alimento lo es para subsistir, de que algún día el sueño se haría realidad.