lunes 20 de abril de 2009

El aprendiz

El viejo, alto y huesudo, de nariz aguileña y oscuras ojeras que se derramaban hasta el comienzo de una larga y poblada barba blanca, viajaba en el asiento delantero desde el que dirigía el inmenso carruaje de madera que le servía como vivienda y a la vez como escenario desde el que realizar sus funciones nocturnas. De la parte posterior del vehículo colgaban dos grandes cortinas negras de terciopelo que tapaban la madera gastada y sucia del carruaje y que servían como telón de fondo para realizar sus actuaciones. En las cornisas superiores, dos enormes faroles de aceite remataban el escenario ficticio en el que, cada noche de verano, sorprendía a propios y extraños con sus trucos de magia.

Al ponerse el último rayo de sol comenzaba un ritual que se había convertido en una costumbre infranqueable: tras ataviarse con un viejo frac con pajarita y chistera que, en otros tiempos, debía haber sido muy elegante e incluso caro, se dirigía a la parte delantera del carruaje, desde donde dirigía a su anciana “Lola”, compañera inseparable y encargada de llevar a cada pueblo el peso del aquel gigantesco vehículo. Sentado en el asiento delantero bebía de un trago un vaso de vino y pasaba algunos minutos mirando a las estrellas; al terminar se dirigía a la parte posterior, prendía llama en los dos faroles y encendía un pequeño gramófono cuya música servía de reclamo para las gentes del pueblo.

Ancianos, jóvenes, niños, hombres y mujeres se contagiaban de una sonrisa amplia y sincera que llegaba directa a los ojos de los espectadores. Tras extraer dos palomas de su larga chistera, mostraba a los presentes como era capaz de adivinar la carta que un voluntario, al azar, había elegido de entre toda la baraja y posteriormente había colocado aleatoriamente de nuevo en ella mezclando entre sí los naipes. Para entonces todo el público estaba ya absorto en los trucos de aquel viejo mago que no dejaba de hablar y reír a gran velocidad. Los hombres no podían comprender como el mago era capaz de zafarse en pocos segundos de los más complejos nudos realizados por ellos mismos, y las mujeres reían sorprendidas al ver como aquel viejo extraía enormes rosas rojas de penetrante aroma que, según él mismo aseguraban, estaban enredadas en sus propios cabellos. Al concluir la función su chistera se convertía en el recipiente donde recaudar las monedas que cada espectador podía aportar.

Una tarde, antes de comenzar la función, un niño se acercó al viejo y le espetó descaradamente:
-Buenas tardes, vengo a que me enseñe sus trucos… Quiero ser mago. Quiero vivir de la magia, ¡como usted!- El niño hablaba mirando al viejo a los ojos, sin respetar demasiado las barreras que la edad debiera establecer entre ambos.
-Niño, ¡te equivocas! Aquí no hay truco. Esto es magia, la magia es magia- dijo con solemnidad el viejo mientras acariciaba el cogote del niño extrayendo de él unas cuantas monedas.
-Mire, ya cuento casi 13. Sé que la magia no existe… Todo son trucos: juegos de manos- respondió con tono de eminencia en la materia.
-Te equivocas… De momento toma estas monedas y ve a la pastelería. Compra dos bollos de aceite y vuelve aquí. Vas a ser mi ayudante, vivirás conmigo.

El niño corrió sonriente a la pastelería ilusionado por su nuevo cargo. El viejo vio al niño marchar y corrió al interior del carruaje donde cogió un libro basto y grueso lleno de polvo. Se dirigió con él bajo el brazo hacia la parte delantera del carruaje, al asiento delantero de éste donde levantó dos tablas que formaban un falso hueco. Allí escondió aquel libro.

Poco a poco el pequeño ayudante fue adoptando papeles de mayor importancia. Disponía todo lo necesario para realizar la función, encendía los fanales, se encargaba de animar a la gente, recoger el dinero al concluir la función… A veces incluso actuaba como ayudante auxiliar del mago en determinados trucos. Una tarde, el niño se acercó al viejo y con la misma diligencia que el primer día y dijo grave:
-Maestro, ya casi cuento 15 y aún no me ha enseñado ningún truco. Yo no quiero ser ayudante, ¡quiero ser mago! Necesito que comience a enseñarme sus trucos pues pronto quizás no pueda hacerlo… ¡ya tiene achaques!- pareció arrepentirse de haber pronunciado aquellas últimas palabras pues con el tiempo había tomado un cierto cariño por aquel viejo mago.
-Ya te dije hace tiempo que no hay truco. El problema es que tú no crees en la magia. ¿Es difícil ser mago si no crees en la magia no te parece?
-Pero maestro, usted y yo sabemos…
-¡Tú no sabes nada! Piénsalo detenidamente… ¿Cómo puede ser alguien algo en lo que no cree? ¿Sabes por qué no me hice cura o acaso filósofo?- el aprendiz calló como esperando una respuesta -¡Pues porque no creo en Dios ni en el razonamiento lógico del hombre! Ese es tu problema. Si no crees que la magia es magia nunca podrás ser un mago de verdad. Yo cada noche me siento en la parte delantera del carro, junto a “mi Lola”. Bebo un vaso de vino y miro a las estrellas: ellas me dicen que la magia exista y que crea en ella… El resto ocurre sólo… -el viejo se quedó esperando la reacción del niño que tardó en llegar.
-Ya comprendo maestro- dijo con una voz inocente que el maestro antes no había oído en aquel atrevido niño.
-¡Pues ya sabes! Ahora déjame sólo. Es el momento de vestirme. Luego iré a la parte delantera, ya te he contado mi secreto: hablaré con las estrellas para sentirme mago. Ya sabes que tengo que estar sólo. Tú mientras prepara las cosas… Nos veremos al comienzo de la función.

Extasiado por uno de los cielos más bonitos que recordaba en muchos años el viejo volvió a la realidad cuando escuchó la música proveniente del gramófono. Se acercó deprisa hasta la parte trasera del carruaje y se quedó perplejo ante lo que contempló. El niño había comenzado la función, la gente sonreía y se divertía mientras el niño extraía rosas de profundo aroma del pelo de las mujeres y se desataba de los fuertes nudos a los que le sometían los hombres presentes. Adivinaba cartas y extraía grandes palomas blancas del cogote de los más pequeños.
Al acabar la función y tras marcharse la gente el maestro se plantó delante del niño.
-¡Maestro! ¿Lo ha visto?- dijo con los ojos brillantes y casi llorosos.
-¿Dónde está? ¿Cómo lo has encontrado?- dijo el mago sin responder a la pregunta.
-¿De qué me habla maestro? ¿Qué se supone que tenía que haber encontrado?-
-¡Venga no juegues conmigo! Ya sabes de lo que te hablo… ¿Cuándo descubriste el libro?- dijo incrédulo y amenazante.
-¿Qué libro maestro? No sé de qué me habla… ¡Se lo juro!- el niño volvió a utilizar un tono y una mirada de inocencia inusuales en él y el maestro comenzó a dudar -yo sólo hice lo que me dijo maestro. Mientras se preparaba me senté a mirar las estrellas, creí en la magia y ¡de pronto los trucos comenzaron a surgir!

El mago se dirigió de nuevo a la parte delantera del carruaje. Levantó las dos tablas del asiento que formaban un falso hueco y allí encontró el libro. Estaba intacto, tal y como lo había depositado y lleno de polvo. Incrédulo e incapaz de comprender nada, el viejo pasó la noche tumbado bajo el cielo estrellado tratando de comprender que había pasado… Al alba, el viejo se despertó tumbado en el suelo. El muchacho ya no estaba y junto al carruaje encontró una nota: “gracias por convertirme en un verdadero mago maestro”. El viejo marchó hasta el pueblo más cercano. Tomó un trabajo de tabernero en una pequeña posada y jamás volvió a realizar ningún truco de magia.

5 comentarios:

SPaiN dijo...

Vaya delicia!

gloestarcMAVE dijo...

Que bien escribes! Que bonito te ha quedao!!

Un besito
Estefi

Anónimo dijo...

ya lo habia leido:)

Anónimo dijo...

Me alegro de tu vuelta.Me gusta.
¡ Sigue así !

INDIA dijo...

Pabli,tu no aprendiz,tu pronto maestro,sigue asi.beso

INDIA