domingo 3 de mayo de 2009

Locura...

Sentado en el rincón opuesto al que la luz, que penetraba atravesando un minúsculo ventanuco, calentaba e iluminaba convirtiéndolo en un recodo de vida dentro de aquella fría habitación, el loco recostó la cabeza sobre la pared, acolchada de blanco hasta el techo, y cerró los ojos.

Soñó entonces que tras ponerse de pie un celador abría la puerta de su habitación. Soñó que caminaba hasta el final del pasillo en una habitación en la que lo esperaba el médico jefe. Tras mantener con él una entretenida y breve charla, éste firmaba y sellaba su alta médica y lo dejaba marchar. El loco, con los ojos aún cerrados y la cabeza todavía recostada, soñó que recogía sus pertenencias, se vestía con la misma ropa con la que ingresó y por fin salía al exterior.

Soñó que pese a todos los años de intensa medicación, que mermaba su capacidad física y mental reduciéndola a la mínima actividad, al contacto con la realidad sus músculos retomaban el vigor de su juventud y su mente la lucidez de sus mejores años. Soñó el loco que se descalzaba para caminar por la fresca hierba húmeda y en su sueño notó de verdad aquella sensación. Soñó con el cielo azul y las nubes blancas, con distintas flores de intensos colores que se levantaban delicadas entre la hierba. Soñó con un inmenso y escandaloso silencio que atronaba sus tímpanos tras años de gritos y desvaríos en aquel recinto; un silencio que únicamente era interrumpido por el silbido de una brisa oceánica que traía a sus labios la sal de un mar muy próximo. Soñó entonces que a pesar de estar a cientos de kilómetros podía percibir el olor de la mujer por la que había perdido el juicio años atrás y también oír sus pasos y el timbre de su dulce voz. Soñó entonces que rápidamente se calzaba y se disponía a correr hacia aquel lugar para pedirle perdón, para recuperarla y contarle, echado en su regazo, los horrores por los que había pasado. Soñó que en su camino no existía el sueño, el cansancio ni la fatiga y ¡por fin la encontraba! Al abrir los ojos la luz había acabado su travesía por el ventanuco y todos los rincones de la habitación eran igual de oscuros como en el que se encontraba.

El loco optó por dejar de soñar, cansado de que sus viajes en busca de aquella mujer concluyeran siempre en una oscura habitación acolchada hasta el techo. Poco tiempo después recibió el alta médica y se encontró a sí mismo vestido con la misma ropa con la que ingresó y con que, en otro tiempo había soñado, frente a la puerta del recinto. Al salir la hierba estaba seca, el cielo oscuro y tintado por una mancha de polución y contaminación que hacía el aire denso e irrespirable y convertía la atmósfera en una nube grisácea y casi venenosa imposible de soportar. El ruido de los coches proveniente de una carretera cercana e incluso los propios ruidos del recinto, que permeaban su paredes hacia el exterior, no eran el silencio con el que había soñado. En aquel momento, el cuerdo, se encontró desorientado y no pudo reconocer las señales vitales de aquella mujer que le calmaría en su regazo…

El cuerdo pensó entonces que había que estar loco para vivir en un mundo así y deseó volver a su habitación del manicomio para recuperar sus sueños, aquellos que cada día le llevaban al regazo de su mujer perdida, a la lucidez de sus mejores años y al disfrute de un mundo único.